Comparto con todos vosotros la reflexión que he plasmado en mi blog personal, que versa sobre la movilidad, la educación y la pasión.
A modo de justificación de este espacio virtual se me planteó la necesidad de unir los términos de “educación móvil” y “pasión”. No evitaré la sinceridad en mis comentarios intentando evangelizar a mis lectores con mis comentarios. Comenzaré hablando sobre la convergencia que se produce inevitablemente a comienzos de este siglo entre tecnología y educación.
Al parecer, si alguien además de mí cree en el destino, el comienzo del siglo XXI ha supuesto ese ansiado desperezo que rompe con todo lo vivido en casi todos los aspectos del desarrollo del ser humano durante el pasado siglo. Los resultados exponenciales del desarrollo y de la investigación crecían inusitadamente rompiendo todos los récords y se presentaban ante la sociedad cada año trascurrido, incluso mes a mes. De la fantasía casi infantil de los reportajes de televisión sensacionalistas como “Towards 2000″ pasábamos a la realidad del megapixel, de la grabación estandarizada de vídeo, de la desaparición de los cables en las comunicaciones, del aumento de la velocidad en vehículos, líneas telefónicas y líneas de datos, del paso de lo analógico a lo digital… la tecnología se introducía en casi todos los aparatos o instrumentos que el hombre era capaz de inventar.
Este comienzo de siglo -del que apenas se ha cumplido una década- ha sido testigo de una serie de revoluciones nuevas en la historia: la revolución digital, la revolución comunicativa, la revolución social… pero aún falta una revolución imprescindible que avanza muy lentamente: la educativa. Seguimos inmersos en un estancamiento casi pleno en nuestros procedimientos educativos, así como en nuestros medios y equipos humanos. La tecnología en la educación no es un elemento común, es todavía un elemento diferenciador y eso es sabido por todos.
Los esfuerzos por intentar comprender qué pasa en la sociedad de la educación son pequeños, heterogéneos y lentos: aún tomamos notas sobre el papel con una estilográfica mientras nos apoyamos en un iPad.
De la evaluación por objetivos saltamos a la evaluación por competencias. Pero este salto cualitativo de la evaluación de nuestros alumnos apenas sí es comprendido y aplicado por todo el espectro del profesorado. Algunos profesores no entienden ni una palabra de lo que les pide la ley y -como no han sido formados e informados al respecto- siguen sujetos a las reglas amables y caducas del pasado: clases magistrales, exámenes por escrito con preguntas que exigen ingentes memorizaciones, trabajos grapados en papel que se limitan a copiar contenidos copiados a su vez por otros… Nadie comprende qué es una competencia y sobre todo: nadie comprende cuán competente es un alumno.
De las muchas personalidades que son referentes actualmente en educación destacaría tres: Howard Gardner, Ken Robinson y Richard Gerver. Todos ellos hablan desde hace muchos años sobre dos aspectos que me parecen fundamentales: inteligencias múltiples y pasión. Me gusta que ambas palabras compartan sus lexemas y morfemas con otras lenguas -entre ellas el inglés-, pues seguramente los miles de millones de personas que pronuncian ambas, unen de alguna forma sus pensamientos y disertaciones y las colocan en un único contexto universal.
La movilidad -del latín “mobilis”- es la característica fundamental del nuevo hombre. Pues si todo lo que le rodea es cambiante y muda en extremo: construcciones, vehículos, comunicación, dispositivos electrónicos, materia, energía… hay que consentir que los pensamientos también sean móviles y que la generación de conocimiento, su transmisión y su aprendizaje sean tambíen móviles por naturaleza. Pero esta característica de movilidad no tiene nada de particular. Es una evolución lógica de las ganas del hombre por moverse, por cambiar continuamente, por decorar su vida con la ubicuidad. El ser humano es una creación ubicua, tanto en cuerpo como en mente. Y esto es ya de por sí apasionante.
Y he aquí la palabra clave que adorna el título de mi blog: pasión. Pues de ella deviene todo lo imaginable, e incluso lo inimaginable. Es el primer ingrediente del paso de lo inexistente a lo existente. Sin pasión no es posible la creación. Y es por ello que la educación y sobre todo el aprendizaje deben ser creación, una creación “apasionada” y “apasionante”. Ambos adjetivos ilustran a los agentes educativos: al que enseña y al que aprende, sin definir si uno es el maestro y el otro el alumno, pues la frontera que existe entre ambos agentes es cada vez más delgada debido a la universalización del conocimiento. De ahí que la creación de este conocimiento ya no sea delegada sobre un único e infalible maestro. La creación de conomiento debe ser asumida por todos, pues somos somos posibles sujetos poseedores de pasión. Quizá la experiencia conseguida de forma natural por el simple paso del tiempo, atribuya de nuevo al maestro esa cualidad de mentor o guía que tenía en la Antigüedad para que consiga focalizar y encaminar la potencia creativa del que quiere aprender.
Sin ambos ingredientes: movilidad y pasión, las nuevas formas de aprendizaje están destinadas a la amargura, a la repetición obsoleta y sin sentido, al camino eterno sobre el símbolo del infinito que no tiene una puerta de salida. Pero como quiero terminar apelando de nuevo a la sinceridad, no dejaré de afirmar que el dispositivo móvil no es garantía per se de éxito, necesita un procedimiento académico, un camino guiado por luces, por planteamientos prácticos y divertidos que sean capaces de mantener vivos tanto el rigor científico como la llama de la creatividad.
Carlos López Morante.
@carloslmorante
http://mlearningpassion.com/?page_id=64
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