Los nuevos dispositivos móviles no solo han abierto la posibilidad de disponer de contenidos educativos de una forma más accesible que antes, también han cambiado el sentido de la comunicación entre los agentes que generan “conocimiento” y sus posibles receptores. Esta nueva característica que permite generar “saber” desde cualquier punto y distribuirlo en todas las direcciones ha hecho reflexionar a todos los involucrados en ese circuito; las reglas han cambiado. La “fuente” ya no es un simple libro de papel que es impreso cada ciertos años por las empresas que editan libros escolares. El “dato”, como unidad de información, es accesible ya desde múltiples ubicaciones, físicas y electrónicas. De ahí la preocupación de este tipo de empresas por cambiar y adaptarse a esta nueva manera de consultar y aprender.
La tecnología finalmente es la que, al parecer, manda, pues así fue como sucedió con la invención de la imprenta siglos atrás. El “saber” es importante, pero la tecnología que permite su difusión termina variando su naturaleza. La difusión acaba siendo igual o más importante que el propio dato científico o académico.
El ser humano está condicionado por la difusión que tiene el saber, y en ocasiones esta difusión acaba incluso orientando la creación del propio “conocimiento”. Así ocurre con la tecnología que permite a cualquier usuario participar en la “creación de conocimiento”, llámese wiki, bitácora, blog, intranet, red social, etc.
Los profesores de esta nueva era del aprendizaje deben entender que los alumnos ya no son elementos pasivos en el tratamiento de los datos. El alumno, desde siempre, ha producido material educativo o trabajos académicos, aunque hasta hace pocos años no los publicaba; eran presentados de forma individual al profesor y éste se limitaba a devolverlos corregidos. La presencia de la llamada web 2.0 ha cambiado el flujo de la información y sobre todo ha otorgado cierto protagonismo a ese sujeto paciente que era el alumno para convertirlo en el sujeto agente o activo. Lo que permite la tecnología de trabajo en red y en la “nube” es la posibilidad de colgar contenidos desde múltiples fuentes y ubicaciones. La digitalización de contenidos ha sido posible gracias al avance de las nuevas tecnologías; el aumento exponencial de la capacidad de almacenamiento de los servidores ha posibilitado una mejora de la calidad de estos contenidos, acompañada, a su vez, por una mayor rapidez de acceso y distribución mediante líneas de datos de alta velocidad. La tecnología vuelve a ser esa todopoderosa variable que obliga al cambio de modelos de negocio y de enseñanza en el terreno de la educación.
El modelo de negocio de las empresas que publican libros es algo que no debería preocupar ni al profesor ni al alumno. A ambos solamente les une la tarea de enseñar y aprender: antes de forma separada y ahora de forma conjunta. Es posible que la evolución lógica del alumno -a la estamos quizá asistiendo- sea la de crear contenido por él mismo y difundir también ese “conocimiento” mediante nuevas formas. El papel del profesor será encauzar ese descubrimiento del “saber”, colaborar con el alumno en su aplicación multidisciplinar y organizar adecuadamente la distribución de ese conocimiento en las redes. Estas quizá serán las principales tareas del profesor del siglo XXI.
Las empresas editoras de libros escolares tienen ante sí un cambio en los roles educativos que está obligándolas a pensar cómo seguir ganando dinero que no sea mediante la “fotocopia permanente sobre papel de un conocimiento básico y generalista”; algo que seguro le quita el sueño a más de uno. Existe un componente con el que no contaban las empresas editoriales de creación de contenidos académicos en la escuela: la posibilidad de crear cualquier contenido o saber académico por cualquier persona y la capacidad para distribuirlo inmediatamente en Internet. Y no solamente esto, sino la posibilidad de que cualquiera pueda crear su propia red a pequeña o gran escala donde incluir información, establecer formas diversas para su tratamiento y conceder el acceso a “seguidores” de todo tipo. Esta nueva característica del seguimiento de la información de una forma voluntaria es lo que debe caracterizar al alumno del siglo XXI. Los profesores debemos crear las estrategias necesarias para crear nuevas sinergias educativas que favorezcan el amor por el aprendizaje; debemos crear nuevos métodos educativos que involucren al alumno y generen la pasión por descubrir.
Una de las transformaciones que deben acometer las empresas editoras de contenidos escolares es probablemente la que debe provocar la adhesión voluntaria del alumno a dichos contenidos. Puesto que el dato general o común de cualquier asignatura está o estará disponible de forma gratuita en la red, la empresa que quiera ganar dinero con la educación deberá crear contenidos que amplíen cualitativamente el dato general o común. Estos contenidos seguramente pasan por el desarrollo de potentes aplicaciones educativas a precios asequibles que ayuden de manera determinante al profesor y al estudiante. ¿En qué se traduce todo esto? En calidad. Se acabó el repetitivo copiado de textos y fotografías que evolucionan muy poco o nada en el tiempo. Las editoriales deben apostar por la creación (en formatos universalmente accesibles en internet) de contenidos que contengan materiales de calidad. Pero estos contenidos deben poseer una cualidad que hasta ahora no estaba contemplada, la posibilidad de que los usuarios participen en su elaboración y discusión. Quizá sea esta una de las ramificaciones del negocio educativo de este siglo: la socialización del aprendizaje.
El hueco, por lo tanto, existe pero implica acabar con ese modelo de negocio que permitía obtener grandes beneficios económicos mediante absurdas copias cíclicas de contenidos educativos, en su mayoría caducos. Aquella empresa que no sea capaz de ofertar periódicamente contenidos electrónicos educativos innovadores, de calidad y realmente útiles deberá enfrentarse con su permanencia en el sector.
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